La felicidad es relativa. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa debería ser alguien poseedor de la felicidad completa, sin fisuras.
La felicidad es relativa. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa debería ser alguien poseedor de la felicidad completa, sin fisuras. Nadie en sus cabales negaría que es un gran escritor, y esto resulta bien raro entre los escritores vivos. Por ejemplo, a hombres de la altura del Gabriel García Máquez no le faltan detractores, algo que resulta lo más frecuente. Vargas Llosa no, sobre su estatura literaria nadie es capaz de manifestar dudas y pocos se atreverían a negar su condición no solo como uno de los más talentosos escritores que hayan aparecido en lengua española, sino también como probablemente el narrador de técnica más depurada entre los vivos que hablan y escriben en castellano. Sin embargo, el peruano no se siente conforme y, tanto es así, que se ha aventurado en territorios donde no le ha ido muy bien.
El político que no es
La aventura de su incursión en la política y su aspiración a la presidencia peruana es bien conocida por todos, fundamentalmente por su fracaso. Él mismo ha reconocido que fue un grave error. De esa incursión, quedó el articulista político que gana una enormidad escribiendo en muchos de los más importantes diarios del mundo. Pero Vargas Llosa, a quien no le falta el dinero ni la fama, no se conforma con tan poco. Luego de vincularse al cine como director, ahora lo hace como actor.
Esta última decisión parece en realidad prometedora. Si se registra su trayectoria social, será fácil darse cuenta de que tiene madera de actor: su sonrisa afable, su gesto suave no pueden menos que denunciar a un actor consumado, algo de lo que uno puede percatarse con solo acercarse a su pensamiento político, marcado por un derechismo devastador y por un elitismo que termina haciéndose repulsivo.
No cabe duda de que sus cualidades como actor no convencieron al pueblo peruano en su momento, pero sería bueno desearle ahora que le vaya mejor como actor de lo que le fue como político.