El Andrés Terrero, al que voy a referirme, es el Sr. que ocupaba el cargo de presidente de la Cámara de Cuentas y traigo estas opiniones a la estampa pública por las impresiones que me causó...
Por Mario Bonetti
1. EL CASO DEL SR. ANDRÉS TERRERO
El Andrés Terrero, al que voy a referirme, es el Sr. que ocupaba el cargo de presidente de la Cámara de Cuentas y traigo estas opiniones a la estampa pública por las impresiones que me causó presenciar el miércoles 02 del corriente, desde las 9:00 a.m. hasta el atardecer, la interpelación a que fue sometido en el Senado por el escándalo de la Cámara de Cuentas.
La acusación que les hizo la Cámara de Diputados a los nueve miembros de la Cámara de Cuentas me condicionó en tal grado —como tal vez a toda la capa de personas que se interesan y le dan seguimiento a la política nacional— que yo acudí a la interpelación o "juicio político" en espera de que los degradaran deshonrosamente a todos, como creo que así mismo la mayoría de los asistentes al Senado fue con la misma expectativa.
¡Y miren que sorpresa! Después de haber visto y oído por varias horas al Sr. Terrero y haber confrontado su lenguaje vocal con el lenguaje corporal, salí del correctamente convocado juicio político con una opinión sobre el interpelado opuesta a la convicción con la que entré. Debo aclarar por honor a la verdad que aunque la mayoría de los asistentes a la interpelación fue allí posiblemente en busca de la condenación de todos ellos, de por sí la acusación de los Diputados hizo diferencias entre los nueve miembros de la Cámara, quedando el Sr. Terrero en mucho mejor posición que los demás, ante todo comparado con cinco de ellos, y ante todo comparado con dos de ellos, según se desprende de la transcripción de las declaraciones de los miembros interrogados por los diputados.
En el Senado, el Sr. Terrero pudo responder convincentemente las preguntas y acusaciones contra él y de esa manera desvirtuarlas.
No sólo yo tuve esa impresión. Delante de mí estaba sentado el conocido abogado Ramón Martínez Portorreal, acompañado de dos personas, y todos nosotros coincidimos en que pudo rebatir los cargos que le fueron presentados.
A esa opinión se sumó espontáneamente una señora que estaba sentada a mi derecha y que pudo escuchar el intercambio de pareceres entre los abogados y yo.
La única pifia que yo le hallé al Sr. Terrero fue el haber reconocido que actuando contra su convicción ("traicioné mi instinto") aceptó la duplicación parasitaria de los sueldos para complacer a uno de sus colegas que le pidió, después de Terrero haber sido derrotado en la votación acerca de si se aceptaba o no la duplicación de los emolumentos, que debían causar la impresión para el público de unanimidad entre ellos y no de discordia.
Recuérdese que fue él mismo quien denunció en la Catedral, en la misa de celebración de un aniversario de la fundación del organismo, frente a los presidentes de las cámaras congresionales, al Cardenal López y a otras personalidades connotadas, las "irregularidades" (eufemismo empleado en la política para decir comisión de delitos sin decirlo) y los conflictos personales que caracterizan las relaciones entre ellos y que explicaban el estancamiento de las labores de la Cámara.
Entre las personalidades que acabo de sugerir se encuentran, además de los presidentes de las cámaras legislativas y el Cardenal López, el vicepresidente de la República, Rafael Alburquerque; el senador por Santiago Domínguez Brito, el consultor jurídico del Poder Ejecutivo, en tres ocasiones con el procurador adjunto para el combate de la corrupción, Octavio Líster, con el representante de Participación Ciudadana, el Sr. Cabreja, y con el vicepresidente ejecutivo de la Finjus, el Sr. Servio Tulio Castaños. Según Terrero, todos ellos estaban al tanto del problema de la Cámara.
Según le declaró Terrero a los Senadores, fue él y únicamente él quien devolvió por decisión propia el aumento de sueldo que se hicieron los demás miembros de la entidad, aumento éste que significa un bochorno, propuesto y defendido incluso en el interrogatorio de los Diputados por el Sr. José Altagracia Gregorio.
Tal vez no somos muchos los que sabemos que a los dos días de haberse instalado en sus posiciones, los integrantes de la Cámara decidieron elevarse el sueldo de tres cientos mil a seiscientos mil (por
proposición de Gregorio) sin que nunca en todo el tiempo los ocho restantes funcionarios que estuvieron en sus cargos justificaran con la calidad de su trabajo ese aumento salarial parasitario, pero tampoco el sueldo de trescientos mil como todavía lo tenían hasta ayer.
Si el Sr. Terrero hubiera querido participar de las "irregularidades" no hubiera hecho la denuncia de la Catedral y no hubiera informado a los dos presidentes de las cámaras congresionales, por escrito, de la situación de orden moral y administrativo por la que estaba pasando la Cámara de Cuentas, y hubiera hecho como hacen los demás funcionarios parásitos del aparato estatal, o sea, hubiera accedido a la formación de un concierto delictivo con los demás para disfrutar, como disfrutan los parásitos estatales, de todas las mieles que da el poder en Dominicana.
Recuérdese los sueldos de los funcionarios bancarios estatales y los del presidente del Senado y de la senadora Cristina Lizardo de mucho más de un millón mensual, superando con ello el sueldo del Presidente de los EE.UU. y el de la ministra de Relaciones Exteriores, Condoleezza Rice.
Si Terrero hubiera querido enriquecerse ilícitamente con el cargo se hubiera dispuesto a pasar los cuatro años del cargo acumulando los veintiocho millones, ochocientos mil pesos que hubieran arrojado los seiscientos mil pesos al mes a que se elevaron los "honorables" miembros de la Cámara de Cuentas.
Según declaró Terrero a los Senadores, él renunció a esa bicoca voluntariamente por motu proprio al devolver casi un millón de pesos correspondiente al inmoral y parasitario aumento de sueldo por el tiempo de tres meses. Eso se debió tener en cuenta a la hora del desenlace final en el Senado, vale decir, a la hora de proceder a una degradación deshonrosa con acusación posterior en la Fiscalía, o de una absolución honrosa. ¿Y entonces por qué los mismos senadores que le vieron y le escucharon defenderse con seguridad y convicción, los mismos quienes recibieron las denuncias (aunque haya sido verbalmente) mucho antes de que estallara en público el escándalo de la Cámara, por qué esos mismos senadores lo abandonaron en el momento más crítico, cuando Terrero fue en busca de su apoyo, y no solamente no lo absolvieron honrosamente, sino que estaban en la tesitura de destituirlo deshonrosamente si no renunciaba antes del desenlace final. ¡No lo entiendo!
Hay varias personas que le dimos seguimiento al proceso relacionado con la acusación contra los miembros de la Cámara de Cuentas desde su inicio con la denuncia de Terrero en la Catedral hasta el final en el Senado y todas somos del parecer que la renuncia de los miembros resultó cónsona con la línea oficial de lograr por esa vía echarle tierra al asunto antes de que "pique y se extienda".
2. Absolución honrosa o degradación deshonrosa
En el contexto de la degradación deshonrosa hay que averiguar quién o quiénes fue o fueron los que salieron a —como insistentemente afirma el rumor público— chantajear a ciertos políticos y a otros grandes receptores de sumas estatales defraudadas exigiéndoles, a título de "canon de protección", elevadas sumas millonarias para archivar las auditorías y no darlas a conocer, ya que estas develarían —según el insistente rumor— groseros y jugosos desfalcos de dineros públicos en magnitudes multimillonarias.
Así mismo queda por averiguar cuáles son "los altares que se van a derrumbar", como se expresara el miembro de la Cámara José Altagracia Maceo en varias ocasiones, si se dieran a conocer determinadas auditorías hasta ahora (y posiblemente para siempre) engavetadas.
Pero desdichadamente ya hay indicios en el Senado de la práctica de impunidad por medio del propósito de una nueva edición del "borrón y cuenta nueva", que como es harto sabido, es el emblema del Estado delincuente dominicano.
¿Por qué les aceptaron tan gustosamente a los renunciantes a sus cargos en la Cámara sus renuncias, si cuando se les citó para comparecer en el Senado sólo se quería recabar de ellos informaciones acerca de la situación de dicha dependencia estatal, sin implicar ello una acusación de responsabilidad penal o criminal?
¿Por qué esos renunciantes a destiempo no quisieron exponer en público todo lo que sabían de la Cámara y de otras entidades receptoras de dineros públicos?
¿Por qué los renunciantes, después de haber sido interrogados por los diputados, prefirieron evitar el escrutinio de los Senadores?
Al aceptarles sus renuncias por anticipado se privó al país de saber cosas que no era conveniente que se supieran públicamente.
¿Le convenía al Gobierno leonelista que se sacudieran los altares y cayeran algunos santos?
¿No fue el Presidente de la República quien los nombró, o sea mandó la orden de nombrarlos a su Senado?
¿Acaso no eran los miembros de la Cámara una expresión de la partidocracia, o sea, no tenían casi todos ellos filiaciones partidistas conocidas y en virtud de lo cual fueron propuestos por los partidos?
¿No significa la manera autodefensiva como al final el Senado trató y enterró el caso de la Cámara con los almibarados y empalagosos elogios de algunos Senadores (no de todos) de las trayectorias públicas de los miembros de la Cámara, una paralela al caso y la situación del antiguo coronel Pepe Goico, quien en aquellos momentos dijo que si lo enjuiciaban se irían al suelo junto con él varios altares de la política criolla?
¿Podría convertirse dicho "juicio Político" en el futuro en un estímulo y una experiencia para organizar nuevos juicios políticos a una esfera más elevada?