Tras la ardua campaña electoral, el triunfo arrollador de Leonel Fernández y las predicciones catastróficas que llovían por todas partes, esperábamos un período intenso, fértil en acciones y cuajado de decisiones importantes para el país. La realidad está siendo otra. Tal parecería que flotamos sobre el mar, en el más plácido de los reposos. No pasa nada. Y cuando decimos nada, es nada. Luego de los discursos exaltados y eufóricos de la victoria, los ganadores regresaron a sus oficinas y al trabajo rutinario como si las promesas de campaña y los cuestionamientos que se cruzaron los oponentes nunca hubieran existido, como si afuera el mundo viviera su tiempo más feliz, los palestinos hubieran hecho las paces con los israelíes y el petróleo todos los días bajara un poco más de precio.
Descanso post coito
Esa es la imagen que despierta la actitud del gobierno peledeísta reelecto: laxo, desanimado, renuente a cualquier esfuerzo, opuesto a la toma de decisiones viriles... todo apunta a la evidencia de que el gobierno cree haber hecho ya su trabajo y ahora puede mantenerse en las mieles del sopor que sigue al clímax. Y, mientras tanto, el mundo se cae a pedazos y el país espera mirando cómo los problemas se agravan, preguntándose por qué no se comienzan a tomar las medidas que todos necesitan. No hay dudas de que este gobierno está necesitado de una viagra que lo active y le devuelva la vitalidad. Lo lamentable es que esa viagra no será un acto voluntario y deseoso, sino una medicina impuesta y entonces pudiera ser que ya el objeto del deseo sea inalcanzable y, a esa hora, no queda más que preguntarse por qué no se comenzó a tomar medidas antes. Sea como fuere, no son pocos los electores que se preguntan si no hubiera sido mejor haber elegido un gobierno fresco, ganoso de actuar, que al menos nos hubiera salvado de esta molicie disfuncional y calmosa.