Han pasado las elecciones y ya nadie se acuerda del metro. Pero el metro está ahí, lo queramos o no. A simple vista, puede parecer que dio resultado: Leonel Fernández ganó las elecciones. Pero, luego del triunfo, queda al partido de gobierno demostrarnos que el metro sí funciona, que el país realmente necesitaba de esa obra y que, por tanto, la bárbara inversión que requirió estaba justificada. La prueba no será fácil porque el transporte público en la capital es uno de los problemas más graves del país... que se va haciendo cada vez peor. Ya no se trata de discutir si el metro va o no va, si era o no necesario. Ahora hay que probar con eficiencia y racionalidad que no fue un empeño electoralista a largo plazo ni un capricho de alguien, y menos una concesión para que algunos ganaran mucho dinero. Ahora es cuando es.
Lo que el metro enseña
Pero, si miramos hacia el metro con ojos de sociólogo, quizás podamos ver reflejada en su todavía corta historia una imagen de nuestra sociedad y de nuestras estructuras de poder. No cabe duda de que el metro le apretó el pecho al país, de que la inmensa mayoría de los dominicanos sintieron un mareo cuando vieron el proyecto y, sobre todo, cuando supieron lo que costaría. Pero se hizo, lo que prueba la enorme libertad de acción que concede a los políticos nuestro sistema presidencialista, en el cual basta que la estructura en torno al poder ejecutivo quiera algo para que nadie pueda, no impedirlo, ni siquiera cuestionarlo. Luego, Huchy Lora le apretó el pecho a Diandino con sus exigencias de explicación y transparencia en la información acerca de la obra. El suceso demostró que los hombres del presidente son intocables, que nuestra democracia sigue siendo muy precaria y que, si bien Diandino hace lo que le da la gana, también tiene coronarias y, por tanto, es un ser humano. Ahora el metro está ahí: ya sirvió como propaganda electoral y estamos hartos de los anuncios de televisión en que la gente pone cara de idiota al paso del tren. Ahora tienen que demostrarnos que valió la pena meterse en tal proyecto, a menos que debamos apretarnos el pecho y admitir que su único sentido fue alimentar nuestra comparonería y nuestra ambición de parecernos a los norteamericanos. P’alante, Presidente.