Quizás se trate de que nos acostumbramos a la pelota romántica, cuando los jugadores salían a darlo todo y dejaban la vida en el terreno por la causa del equipo y de su región. Era la época en que los lanzadores tiraban veinte innings y salían a lanzar todos los días sin que les doliera el brazo. Quizás es que nos acostumbramos mal, pero lo cierto es que cada vez más los peloteros se han ido haciendo frágiles y cuesta mucho trabajo recordar aquellos tiempos en que, como los músicos populares, se criaban en las esquinas, viviendo casi de la caridad pública y se hacían grandes peloteros en los solares, jugando a mano pelada y con pelotas que ellos mismo improvisaban.
Lo que va de ayer a hoy
Lo que va de ayer a hoy es el dinero, la costumbre de la buena vida y, sobre todo, una percepción social que ha convertido a los beisbolistas en hombres de la farándula. Hechos a la medida de las Grandes Ligas y su sentido de espectáculo, de pronto los jugadores de pelota se han tornado sumamente frágiles y lo principal es que han perdido el sentido de causa: ahora su única causa es el dinero, lo que no estaría mal si eso no significara que deben ser añoñados, soportados, sobrellevados y demás. Esto ha matado el espíritu de sacrificio y el gusto por jugar a la pelota. Ahora son profesionales y asumen el jugar béisbol como un trabajo, así que es necesario darles descansos especiales, soportarles majaderías y, primero que todo, verlos jugar cuidándose para no sufrir una lesión. La pelota está dejando de ser una pasión, al menos para los que están sobre el terreno.