Los eventos que resultan muy intensos, dejan al pasar una suerte de abulia, de inercia o resaca que nos hunde en la tristeza. Así ocurre cuando, luego de un período muy agitado, de pronto nos quedamos sin cosa que hacer. El fin de las elecciones ha dejado en el pueblo dominicano una sensación parecida. Cuando se habla con la gente en la calle, salta de inmediato un pesimismo que pronto se va transformando en inquietud y, sin transición, en alarma. Normalmente se escuchan quejas de que "la cosa está mala" y, como para enredar más la pita, "se va a poner peor". ¿Será que todos nos hemos convertido a la secta de los Testigos de Jehová y tenemos la responsabilidad de anunciar un armagedón? Así parece.
Está bien, ¿y qué?
Lo primero que uno piensa ante estas reacciones es que se trata de una campañita promovida por quienes perdieron las elecciones. Puede que algo de eso haya, pero tal hecho no justifica la hondura del pesimismo que arropa a casi todos. Parece más bien un síndrome causado por la brutal violencia que ejercen sobre la población nuestras campañas eleccionarias, algo que será necesario estudiar con cuidado si queremos cuidar la salud social de nuestra población. Pero lo peor es que, puestos en la vía del desánimo, entonces todo se hace turbio, imposible, color de hormiga.
Sería bueno recordar varias cosas al pueblo dominicano: hablar de lo malo es también un modo de convocar la desgracia; mirar con ojos de pesimismo hacia el futuro nunca conduce a la victoria o al bienestar. Debemos encender el televisor o entrar a internet para ver cómo anda el mundo. Es cierto que no vivimos en un paraíso, pero todavía no nos estamos muriendo de hambre, ni al parecer los alimentos se están acabando, ni estamos abocados a una guerra civil. ¡Por Dios! Si el presente no nos gusta, hagamos que el futuro sea mejor. Si en el mundo hay crisis y esta parece cernirse sobre nosotros, comencemos a trabajar con imaginación y esa inventiva que Dios nos dio. Esa es la única manera de salir adelante.