Mujeres desgarrándose con las manos en la cabeza y un río de lágrimas salen de sus mejillas, al recibir a hijos, hermanos, padres, tíos, primos, amigos y esposos, muertos o heridos en protestas por reivindicaciones justas y por negarse al pagar el precio de "lágrima, sudor y sangre", producto de la reelección, es lo que nos llega a la imaginación por el daño causado a la macroeconomía, y ni hablar de la micro. Ahora para poder seguir adelante, las autoridades electas pretenden transferir la factura de la reelección a la población, algo que es inaceptable y abusivo.
Los ricos, clase media y pobres, no están obligados a contribuir con un esquema corruptor, por el mero hecho de evitar derramamiento de sangre. Ya es hora de sentar un precedente, cueste lo que cueste, pero hay que parar, puesto que, si dejamos que siga más pa ‘lante, no sabríamos adónde vamos a llegar, lo que sí sabemos es que vamos mal.
Ya basta de quemar gomas y tener enfrentamientos con los pobres afectados de los mismos males (los agentes del orden), en los barrios, si hay que tomar acciones deben encaminarse a presionar a los sectores responsables de los males que aquejan a nuestro pueblo. No podemos propiciar, ni presagiar estallidos sociales, ni poblada de consecuencias catastróficas y sobre todo que no tenemos propuestas en la dirección correcta.
Que Dios nos agarre confesados.
No hay que ser Nostradamus, adivino, ni brujo, para predecir una crisis que se ve venir, y que no deseamos.