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La adulación como obligación de Estado
por Manuel Antonio Gómez Medina | Publicado  05/13/2008 | Exclusiva Calificación:

Me contó un amigo que visitó Palacio, que cuando la caravana presidencial hace su entrada al recinto, se da un toque de trompeta y todo el que se encuentre en las áreas exteriores debe "congelarse", es decir, permanecer inmóvil. Mi amigo teme que tras la reelección también haya que arrodillarse.

Podría parecer una exageración, pero cuando uno oye al senador neopeledeísta Adriano Sánchez Roa decir que "Leonel es una bendición de Dios", nos hace temer que el culto a la personalidad del mandatario no está lejos de entrar en etapa de divinización y que, inclusive, no tardará en aparecer algún adulador que pida su canonización. Ya Frank Rodríguez, miembro del Comité político del PLD, lo calificó de "redentor". Talvez nadie se atreva a la iniciativa de endiosar a Leonel, pero sí de venderlo como un ser superior, como parece indicarlo la aspiración del secretario de Interior y Policía, Franklin Almeyda, de que a Leonel Fernández se le considere como candidato al Premio Nobel de la Paz.

Uno se siente tentado a pensar que Leonel Fernández ama la adulación. La mejor prueba de ello fue la feria en que se conmemoraron sus 10 años de gobierno. Un gobernante austero y sobrio, preocupado por el manejo racional del gasto público hubiese impedido esa mala copia de la "era gloriosa", pero en realidad, aunque se tratara de una coba espontánea o sugerida, parecería que se trató de un acto fomentado por el ejecutivo.

Desde entonces, la adulación se ha intensificado de forma creciente hasta el punto de convertirse en un asunto de Estado y muchos ciudadanos están convencidos de que la permanencia en el cargo de muchos funcionarios depende más de su capacidad laudatoria que la profesional. De hecho, cuando algún funcionario comete un error y está en la picota pública, lanza un elogio al presidente y su situación "se enfría".

Tan grande es la debilidad por el elogio del presidente, que a todos los tránsfugas y personajes que se han montado en el tren reeleccionista se les exige como condición para ser aceptado, participar en la competencia adulatoria hacia la figura del presidente. Así, vemos como Johnny Ventura, en 5 minutos, se derritió en elogios hacia Leonel como no lo hizo con Peña Gómez en 30 años.

Es notorio que las funciones de gobierno están dominadas por la lisonja. Así vemos que el éxito de la producción agrícola no es producto de la eficiencia del titular de la Secretaría de Agricultura, sino de "las estrategias trazadas por el presidente de la República". Por ese camino nos encontramos con "las sabias ejecutorias", "la mano diestra", "el pensamiento preclaro", etc., y a no dudar, poco falta para que lleguemos a "la egregia figura".

El mismo presidente da muestras de vanidad, cuando se inventa presentaciones que no tienen otro fin que permitirle exhibirse, así, lo que podría decirse en una simple declaración de la secretaría de Prensa de Palacio, se convierte en un importante acontecimiento a toda la nación frente a un auditorio cautivo embelesado por la cátedra presidencial. Un buen ejemplo fue el anuncio de ahorro de energía. Un evento estéril que solo sirvió para justificar la demostración del encantador "poder de comunicación" del mandatario.

Hasta los casos controversiales terminan en un reconocimiento al presidente. Así, tras los desastres de Noel y Olga el Instituto Superior para la Defensa y Seguridad le otorgó un doctorado Honoris Causa a Leonel Fernández, quien se apresuró a recibirlos.

Para llegar al clímax de la situación, el presidente Fernández casi se ha definido como el único cerebro pensante del país y, parodiando el cuento "la mancha indeleble" de Juan Bosch, en que cada miembro del partido tenía que quitarse la cabeza y ponerla en un estante, quién sabe si pronto habrá que colgar en las paredes de los hogares dominicanos: "en esta casa... Leonel es quien piensa".

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