de dónde son los cantantes,
que los encuentro galantes
y los quiero conocer...
J. M. Fernández Pequeño
Hace poco fui a Santiago de los Caballeros. Quería saludar a un apreciable grupo de musicólogos cubanos que participaban en el Congreso Internacional de Música e Identidad en el Caribe, organizado por el Instituto Nacional de Estudios Caribeños y el Centro León en esa ciudad.
Confieso, sin embargo, que me alentaba un secreto ánimo de venganza. Buscaba desquitarme de tanta encarnizada discusión acerca de si el son había sido creado por cubanos o por dominicanos y, para ello, contaba con la presencia en el evento de María Teresa Linares, lúcida decana de la musicología cubana, quien de seguro explicaría cómo hace más de treinta años el difunto Alberto Muguercia demostró categóricamente que las hermanas Ginés (supuestas dominicanas radicadas en Santiago de Cuba) jamás habían existido fuera de la imaginación novelística de Alejo Carpentier y que su famoso Son de la Ma Teodora no era, desde el punto de vista musicológico, un son en el sentido de la modalidad que se consolidaría después.
Esperaba disfrutar cuando Danilo Orozco, el estudioso que más sabe acerca del son desde aquí hasta Venus, demostrara que este nunca pudo ser el inspirado invento de individuos aislados porque, más que un género musical, el son es un complejo cultural que atraviesa toda la sociedad cubana y cuyo acrisolamiento se puede seguir al menos desde el siglo XIX en el oriente de la isla, a partir de la semilla primigenia del nengón, que floreció en los patios pobres del extremo este de Cuba.
Y la verdad, no hubo motivos para la queja. Todo transcurrió tal y como lo tenía previsto. Las conferencias y los debates fueron de una altura impresionante. Así que, jubiloso, accedí a extender la estancia en la Ciudad Corazón por unas horas, para presenciar el concierto-homenaje que se realizó esa noche en el Gran Teatro del Cibao. Que la decisión había sido acertada, no demoró en probarlo Sonia Silvestre, que apareció con su rotunda y dominicana personalidad para homenajear a la cantante y compositora cubana María Teresa Vera. Yo regresé a caminar por la calle Heredia de Santiago de Cuba (qué te importa que te ame, si tú no me quieres ya...), me paré frente a la Casa de la Trova, y extendí la mirada por las variaciones rítmicas del Parque Céspedes.
En algún momento apareció Cuco Valoy e hizo la rememoración del entrañable Compay Segundo. Yo volví a montar en el tantas veces detestado tren lechero que va de Santiago de Cuba a Holguín (De Alto Cedro voy para Marcané, llego a Cueto, voy para Mayarí). Pero, sobre todo, recordé aquella noche del bar La Jutía Conga, en la UNEAC de Santiago de Cuba, cuando a un grupo de artistas y escritores nos amaneció cantando, contando y tomando (no consejos precisamente, quede claro). Por supuesto, nadie cantaba esa noche más ni mejor que Compay Segundo, quien por entonces tendría unos setenta años y todavía no era famoso en las cuatro esquinas del planeta. Cuando iba empezando a clarear, se descolgó un aguacero digno del Cibao, así que nos pusimos a organizar la húmeda retirada. Compay pidió un cartón, que supusimos era para taparse, cubrió cuidadosamente su después tan aplaudida guitarra encordada al revés, y se fue bajo agua, doblado el cuerpazo de viejo-joven para proteger el instrumento de sus amores. Nadie me ha dado hasta hoy una prueba de ternura a su oficio más impactante que la de aquella amanecida santiaguera.
Tan embebido estaba en mis ensoñaciones, que no me percaté del momento en que Víctor Víctor, con su calva rematada en larga cola, había comenzado el homenaje al cubano Miguel Matamoros. Y yo no pude sino recordar que en mi primer viaje a la República Dominicana (en 1988, cuando ni sospechaba que alguna vez vendría a morir en estas tierras) fui a Santiago de los Caballeros y me entrevistaron con Tin Pichardo, quien estaba en sus lozanos noventa años y continuaba siendo un degustador de sones excepcional. Esa tarde me contó de los años en que el después célebre Trío Matamoros anduvo por tierras cibaeñas (cada vez que me acuerdo del ciclón, se me para el corazón), me cantó una canción que Miguel dedicó a las dominicanas bellas, pegó un brinco y desplegó por todo el patio la síncopa y el montuneo del mejor baile sonero. Pero el recuerdo quedó trunco en el mismo momento en que una voz de inconfundible acento cibaeño informó a través del audio que Miguel Matamoros había compuesto Lágrimas negras en el Santiago de los Caballeros de 1930. Sin Lágrimas negras y sin los emotivos poemas de José Ángel Buesa, la décimo sexta parte de mi corazón quedaría hueca, pensé, para caer en cuenta de que Buesa, el poeta nacido en la isla de Cuba más leído desde la llegada de Colón hasta hoy, había venido a morir también en la República Dominicana.
Fue ahí mismo que todo se confundió. Me dejé ser una simple gota en el mar de ondulaciones con que el gentío gozaba los sones, sin parar mientes en si habían sido compuestos o eran cantados por cubanos, dominicanos o puertorriqueños, con lo cual entonces se llamaban salsa. Las maneras en que gozaba delante de mí el carismático Pirri, un cibaeño por las cuatro esquinas que bien podría ser la reencarnación del cubanísimo Sindo Garay; la armonía con que el grupo de músicos dominicanos acompañaba el virtuosismo del cubano Pancho Amat, desde hace mucho el mejor tresero de la completa bolita del mundo; el jugueteo del jazz latino interpretado por las manos prodigiosas del ya no estoy seguro si cubano o dominicano Chucho Valdez; toda esa entrega compartida prendió fuego a la noche oriental-cibaeña.
En la madrugada, mientras manejaba de regreso a la capital, saqué cuentas. A ver, ya sabemos que los cantantes son de la loma y cantan en llano, eso nos lo dijo oportunamente Miguel. También sabemos que no vale la pena seguir averiguando más acerca de su origen. Pero, por favor mamá, ¿y yo, de dónde soy? Dímelo, que me quiero conocer.